Cinco pasos para superar el miedo al corte de pelo 12


El corte de pelo nos ha llegado a dar pánico. Pánico, es una palabra muy fuerte, ¿verdad?, pero se acerca bastante a la realidad.

Me parece mentira, teniendo en cuenta las experiencias anteriores, que ya pueda decir que lo hemos conseguido. Brutote ha perdido completamente el miedo a cortarse el pelo. Y te aseguro, que en experiencias previas, el peque parecía sacado de la película El Exorcista.

Brutote nació con bastante pelo, nos dijeron que se le caería, pero seguro, seguro, eh…(mentira) así que pasaron los meses y yo esperaba a que se le cayera, no tenía sentido que se lo cortara si ese pelo, era “de leche”, ¿quién me manda a mí hacer caso a las creencias y opiniones populares?

Así que con 5 meses y un peinado parecido al de Anasagasti, largo por una lado, más corto por el otro, un remolino indomable, que le acompañará de por vida, en todo lo alto… nos fuimos a la peluquería.

Después de probar en una peluquería requetemona, de esas con cochecitos y Pocoyos por todos lados en la que nos dijeron que no nos podían atender (estaban terminando con otro peque y quedaba poco para la hora de cierre) nos fuimos a una peluquería de las de toda la vida.

Cogimos al niño encima, le pusieron una capita, cogieron la máquina y en un minuto… eramos 10 euros más pobres y teníamos un bebé con el pelo todo igualado.

¡Primera prueba superada! No había sido tan complicado, y la verdad es que la de la peluquería requetemona ya podría habernos cogido. Si la cosa era de unos pocos minutos… las fotos de recuerdo hubiesen quedado más monas, ains…

El pelo del peque no solo es fuerte, liso y rebelde, sino que además, crece rápido y en cuestión de pocos meses, volvía a necesitar un buen corte de pelo.

Esta vez decidimos pedirle el favor a una prima de mi chico, que es peluquera y que sabíamos que lo haría con todo el cuidado y amor del mundo (queríamos cortárselo con tijera, para darle un poco de formita)

Peeero…pero todo se torció, no sabemos el motivo, pero no le gustó ni un pelo (nunca mejor dicho, jeje) no le gusta que le acerquen nada a la cabeza, el sonido de las tijeras le asustaba, probamos con la máquina, y pánico total… unas lágrimas… el ratito fue tremendo. Decidimos parar y esperar a que se tranquilizase.

Al final terminó durmiéndose encima de mí, y le cortamos el pelo dormido. Prueba superada, pero esta vez, con aprobado raspado.

Temíamos el momento de cortarle el pelo, pero éste no deja de crecer por mucho miedo que le tengamos todos al “momento peluquería”.

Desde ese momento, se lo hemos cortado tres veces más, dos la prima de mi chico, en el que casi terminábamos llorando todos ¡Qué mal rato! (ya empezaba a dudar de si le dolía que le cortasen el pelo) y la última vez…la última vez es otra historia.

Decidimos que no queríamos que el peque pasase otro mal trago, ni tampoco queríamos que lo pasase nuestra peluquera particular, pobrecita mía, así que cogimos las tijeras y la máquina por los cuernos y nos convertimos en padres peluqueros.

Si esto no funcionaba, le dejaríamos crecer el pelo hasta que él decidiese cortárselo, ¿a los 20?

Lo preparamos todo:

  1. Niño en la trona.
  2. Pocoyo  preparado en la tv (no sé vuestros peque, pero Brutote se “pocoyoiza” y no existe nada más en el mundo)
  3. Libros y jugetes
  4. Paciencia, kilos de paciencia y tiempo.
  5. Una máquina de cortar el pelo y tijeras.
  6. Una bañera llena de agua, espuma y juguetes.

Primera fase, presentaciones.

Le pusimos en la trona y con la máquina desenchufada, empezamos a jugar con él. Su padre se la pasaba por la cabeza y hacía ruidos, yo me la pasaba por las piernas, la cara, los brazos…y al final, después de un tiempo, la cogió él y empezó a pasárnosla a nosotros y luego a él mismo.

La cosa pintaba bien…

Segunda fase, perder el miedo al ruido.

Con la primera fase superada, encendimos la máquina. Primero se asustó y la apartaba, diciendo “no, no no…”. Pero poco a poco, le cogió el gusto a encenderla él mismo y que sonara.

Segunda fase superada.

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Tercera fase. A cortar

En esta fase es cuando pusimos la televisión para “pocoyoizarle”, pasamos la máquina por la cabeza (recuerda que en la fase uno, ya se la habíamos pasado muchas veces, pero apagada) y ocurrió la magia.

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Cuarta fase. Un poco de tijera.

No soy peluquera (y eso que también le corto el pelo a Lola), así que no tengo tijeras para el pelo. Pero con las suyas para cortar las uñas, las de punta redonda, nos fue suficiente. Arreglamos un poco las patillas, la coletilla y algún pelo rebelde.

Ni llantos, ni peque asustado, ni nada. Solo un niño con muchos pelos por todo el cuerpo y con el pelo cortito y bien fresquito para superar estos calores.

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¡Lo habíamos conseguido!

Quinta fase. Al agua patos.

Lo metimos debajo de la ducha, para quitarle todos los pelos y después lo pusimos en remojo un buen ratito, con todos sus juguetes de la bañera.

Después del baño, otra duchita más y nos aseguramos, de que no quedase ningún pelito por el cuerpo, que pudiese molestarle.

Corte de pelo sin una lágrima

El corte de pelo, después de las experiencias previas, nos daba pánico.

No queríamos sumar otra experiencia negativa más y  haciéndolo en casa lo hemos conseguido.

El truco, al final, ha sido hacerlo en un ambiente que conoce, sentado en su trona… con mucho tiempo para conseguir que se sintiese seguro y perdiese el miedo… y con papá y mamá hablándole y explicándole las cosas.

Objetivo ni una lágrima más ¡conseguido!

¿Qué tal la relación entre vuestro peque y la peluquería? ¿Cómo han sido vuestras experiencias?

¡Hasta la próxima!

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